Royal Crown

“es semejante a una mujer que planta una semilla en el jardín, un grano de mostaza, que crece hasta hacerse un árbol tan grande que las aves del cielo anidan en sus ramas”

Lucas 13:19

Mi casa olía a lentejas recién hechas, trocito de morcilla y hogaza de pan.  Siempre me gustó pasar los dedos por la mesa buscando las migas, las amasaba hasta hacerlas delgaditas; pequeñas tiras que imitaban orugas recorriendo el mantel. Procesionarias que se abrían paso entre los platos en aquel viaje a ninguna parte. Siempre me despistaba, me perdía en el vuelo de una mosca o hacía de un tenedor un coche con el que recorrer la ciudad. Pensando en todo aquello en lo que no debía estar pensando. En otro lugar. 

Mi mundo se ceñía a mi pensamiento fugaz, a un conjunto de ideas cambiantes que me alegraban la vida. Me gustaba sentir que todos aquellos utensilios servían para otras cosas, más allá del motivo por el cual habían sido concebidos. 

Allí estabas tú, limpiando el poyete mientras cantabas. Me iba tras tu voz, que resonaba en el patio de vecinos como en un tablao flamenco. “Ojos verdes, verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón. Ojos verdes, verdes, como brillo de faca, que están clavaitos en mi corazón”. Me gustaba cuando cantabas, cuando la vida era una tregua nacida de tu boca. Se hacía un silencio, un silencio profundo que sostenía tu canción. Flamenco en cualquier barrio del sur. Eras una gitana de piel blanca, de pecas nacientes. Una bestia que quedaba pensativa en las noches a solas con el televisor. Siempre buscando tu momento, a través de cualquier medio. Cigarrillos Royal Crown, butaca de muelles. 

Vine a través de ti, crestas ilíacas que rompían la madrugada, el pensamiento. Loba solitaria en parto enraizado a su noche. Vine a través de ti, me enseñaste a ser mujer, en la furia de tus manos. A quererme en mis errantes planteamientos. Me enseñaste a ser hombre en nuestra paz, en la conciliación de nuestras manos. Nunca supimos pedirnos perdón, todo lo arreglábamos frotando nuestras cabezas, nuestras panzas de bestias, nuestras líneas divisorias, nuestro amor por el amor. 

Lapicero azul, minas del ocho, goma blanca. Frotaba y frotaba y volvía a sacar las procesionarias, que buscaban verterse en la aventura de un barco lejano. Me gustaba escucharlos, atender sus voces mientras miraba para otro lado. Saber qué dicen, saber qué callan. Trazaba una línea que partía el pupitre, que dividía mi parte. Un muro infranqueable donde todo lo que caía se perdía. 

A mi madre

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Capítulo undécimo de «El vuelo de las moscas».

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