Brazos en cruz

Agité mi rama de árbol al cielo. Me abría el paso entre los niños y niñas que gritaban enloquecidos en ese patio carcelario de colegio. Entendí de manera súbita que no nos podían hacer callar y castigar de la manera en que lo hacían. Que mi futuro no debía beber de ese caldo de cultivo, donde la indigestión era una consecuencia invariable, somática y de mal gusto.

Justo a la espalda del edificio se levantaban unos ventanales que daban a los baños. Aquí comenzaba el origen de nuestros sueños. Nuestra particular forma de reivindicar nuestra niñez. Nuestro derecho al no, nuestro necesitado consenso. 

“¡Las ventanas!” – grité-, “¡a las ventanas!” No podía parar de señalarlas y reír absolutamente fuera de mi y mis circunstancias. Comenzamos la carga. Piedras para la libertad, para demostrarnos que, al menos, un minuto sería nuestro. Nuestro minuto.

Fue una lluvia de meteoritos que quebraron cada uno de aquellos cristales, un rugido fulgurante que paró al viento y la inquietud de nuestros corazones. Jadeamos como bestias al cántico de su particular cacería. Todos aquellos libros que sosteníamos con los brazos en cruz, todas aquellas interminables reglas que conocían cada milímetro de nuestros culos, todos aquellos gritos que pedían que nos sentáramos; todo aquello guardó silencio.

Me temblaron las piernas, miré a mi alrededor. Un segundo después, tan sólo un segundo después, salimos en estampida a continuar con la normalidad del recreo. Mezclarnos con el resto de niños y no parecer culpables. Borrar nuestros nombres y mirar para otro lado. Creo que pensamos en las consecuencias al instante. 

A veces los recuerdo. ¿Qué habrá pasado con ellos?, ¿qué habrá pasado con ellas?, ¿qué vida llevarán? Me gusta pensar que han sido consecuentes con su manera de ver el mundo. Los imagino en esa perpetua toma de decisiones que es la vida. No sé si recordarán nuestro minuto. Si ese pedacito de tiempo les habrá llevado a un lugar donde el resultado se base en su derecho a ser.

Subíamos las escaleras y apareció aquel profesor de barba mal cuidada. Gritando con su flamante regla de madera. Nos esperaba al final del primer tramo de escalera. Quería demostrarnos que la institución siempre gana. Que sus reglas, basadas en odio, estaban por encima de cualquier poema, de cualquier derecho a la expresión. 

“¡Adentro!” – gritaba, mientras señalaba con la regla a una clase – “¡adentro!” 

Subíamos con la cabeza baja. Rechinar de dientes, culos apretados, la otra cara de una decisión, el punto y aparte de nuestra partida. Uno a uno los fue pasando. Todos se perdían en el silencio tenso del castigo, en el miedo de aquellos profesores que pagaban su niñez con la nuestra. 

Cuando me tocaba a mí, aquella regla de madera giró sobre sí misma y cerró la puerta de la clase. No sabía qué hacer, no entendía si debía confesarme como autor de aquella instigación. Continúe escaleras arriba. Seguí hasta llegar a mi clase. 

Éramos demasiado pequeños. Solo queríamos jugar, abrazar, sentir el palpitar del mundo. Reivindicar nuestro derecho a ser niños. 

¿Dónde estáis?, ¿dónde quedásteis?, ¿dónde está vuestro lugar en el mundo? Sólo necesito saber que nos podemos llamar para romper algún cristal.

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Capítulo decimotercero de «El vuelo de las moscas».

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