La ruta de los elefantes

Camino, hoy la mañana prometía lluvia, pero se dispersa la idea de sentirla. Las calles de Málaga están asediadas por la navidad, por el enfado colectivo, por ese sinfín de coches que transitan en la agonía del quiero y no puedo. Es curioso como en tiempos de paz nos envilecemos con la menor brisa que acaricia la cara.

No quiero pensar en mí. No quiero pensar en ti. No quiero conocer las reglas, las formas, la miscelánea de absurdeces que tergiversan el sentido de lo práctico.

Siento que no os comprendo.

Siempre miro los zapatos antes de calzarme. Aún recuerdo aquella tarde cuando regresaba del colegio y al quitarme el zapato derecho había una enorme cucaracha aplastada. Resultó que, lo que pintaba como guarida, no fue buen plan para ella. El caso es que siempre miro. Hoy me ataba los cordones, distraído; en esa tranquilidad del comienzo de un nuevo día. Me obsesiona empezar de cero, me encanta llegar a un lugar absolutamente derruido y rehabilitarlo. Hacer de esa ceniza, posibilidades. Si, posibilidades e incertidumbre. ¿Nunca te ha pasado eso de que los días se parecen demasiado?, ¿nunca te has planteado el sentido de las cosas? En serio, para y óyete. ¿Ese camino que has tomado es el deseado?

Supongo que la tendencia de los pies es la de caminar. Sin más. Entiendo que la cabeza piensa en caminar. Quizás se siguen indistintamente sin saber a dónde van. Probablemente imiten un sendero. Una memoria ancestral, una ruta de elefantes que conducen a ese cementerio donde todos debemos morir.

No pienso escucharme. No pienso escucharte. No pienso desaparecer en vuestras manos, en vuestros labios, en esa palabra vuestra que recitan la vida con sus derechos y deberes.

¿Qué significa aceptar?

– Buenos días, ¿me pone una cajetilla de puritos?

– ¿de cuáles?

– De esas de diez, de los que tienen el fondo marroncito.

Imagino que aceptar significa que te dejas acompañar por las situaciones que te plantea la vida. Permitir que a tu lado habite lo que, en principio, no querías que sucediera. Más allá de que duela. Comprender que todo lo que llega se va y si todo se va, significa que las causas que te impone la vida, también se erosionarán.

Antes de encenderlo siempre lo huelo, me gusta el olor de la hoja de tabaco. Provocar el chispazo que se transforma en calada. Dejar que caiga ceniza, que se abra a mis pies un universo de posibilidades, borrar ese cementerio de elefantes y permitir correr la incertidumbre que sueña mi corazón.

Me gustaría acercarme a comprar un juguete para mi hijo. Me gusta mucho ver su cara de sorpresa. No por ser navidad, más bien por hacer algo que no espere. Él es el faro que muestra la compasión que se abre en mi pecho. A veces tengo miedo de que se parezca a mí. A que deba lidiar con este lugar tan inmenso donde se pierde la voz. Confío en él. No porque espere que supere todo aquello que no he sabido llevar, no hablo desde esa frustración. Confío en él, desde ese lugar donde pueda ser todo lo que su corazón entienda.

¿Qué es el silencio? El silencio es el lugar donde me guardo cuando no quiero perder mi tiempo. El silencio me sostiene cuando no puedo más, cuando sólo veo la alternativa de soltarme y abrir una tempestad que desprenda palabras. El silencio es lo que siente y deja ir.

Siempre me ha llamado la atención esa memoria ancestral, la de los elefantes. Ese conocimiento exacto de los pasos que deben dar. Esa creencia que forma ideas. Ese origen no planeado, esa situación que se siente. Sin embargo, me sorprendo imaginado, soñando con ceniza. Más allá de los pies, las manos nacieron para crear.

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Capítulo quinto de «El vuelo de las moscas».

 

 

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