El libre albedrío de los insectos

Camisa blanca, veintiséis de mayo del 85 y ese calor tan propio de mi tierra que me hacía sudar. Sólo pensaba en rascarme, en liberar mis manos de aquella actitud de rezo que me estaba amargando la existencia. Todos nos miraban llenos de gozo, la emoción, el niño se nos hace grande, míralo que guapo va. En fin, el amor desvirtúa los valores tangibles de la belleza.

Caminábamos hacia el altar. Hoy seremos legión. Militantes de un sistema de valores que se extiende por recovecos insospechados. Me costaba sonreír, mantenerme quieto. Saber que no puedo moverme provoca en mí el polo opuesto. Altera mi otro lado. Nos esperaba una ceremonia interminable. Mientras tanto ellas, las moscas, pasaban por nuestra cara en el libre albedrío de los insectos. Ventiladores, micrófono, salón de actos preparado para rubricar el paso de las confesiones.

– ¿Has pecado, hijo?

Dejé que se abriera un silencio, una distancia justa y necesaria para dejarme caer entre las palabras y elegir la frase adecuada, que lo contase todo sin decir nada.

– Lo normal de un niño de mi edad, padre.

No me apetecía dar los detalles que quedaban reservados entre el silencio de mis dedos.

Nunca entendí los motivos. La mayor burla era la libertad impuesta por nuestra consciencia. El mayor veneno que se nos ha inoculado es la idea de pecado. La fórmula de control idónea sin tener que estar encima del ganado. Cada uno de nosotros, pondríamos nuestras particulares puertas al campo. Hacer de lo natural sinónimo de problema, de aspecto a corregir. Dejar rienda suelta a la sumisión de los sentidos. Perder trenes, de esos de los que sólo pasan una vez. Mirar atrás y ver el árbol genealógico de nuestra moral, con su sombra que te muerde; con su sueño de miedo, con la rabia de la gente vacía.

En este lado, el de los insectos, la vida se abre con la oportunidad de las aspas de un ventilador. Cuando sabes que no eres el centro, que la medida del universo no depende de las cuartas de nuestros dedos, recuperas el eje y comienza el trabajo. Hablar de ti, contigo. Contarme cómo soy cuando no relato lo que me dijeron. Saber lo que eriza mi piel. Abordar la incertidumbre desde el misterio. Desde el interrogante que no te pide ser explicado. Romper el legado. Abrir la luz del sol a mi hijo. Hacer de la gloria la tierra que pisamos y buscar la fuerza en la compasión de nuestros actos. No hay nada más allá de la extensión de mis brazos. En ellos se crece el oleaje de mi vida. La eternidad de mi gloria. La profundidad de mi carne y su hambre de carne.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Danos la paz. La de nuestros brazos.

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Capítulo decimosexto de «El vuelo de las moscas».

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Nunca entendí los motivos. La mayor burla era la libertad impuesta por nuestra consciencia. El mayor veneno que se nos ha inoculado es la idea de pecado. La fórmula de control idónea sin tener que estar encima del ganado. Cada uno de nosotros, pondríamos nuestras particulares puertas al campo. Hacer de lo natural sinónimo de problema, de aspecto a corregir. Dejar rienda suelta a la sumisión de los sentidos. Perder trenes, de esos de los que sólo pasan una vez. Mirar atrás y ver el árbol genealógico de nuestra moral, con su sombra que te muerde; con su sueño de miedo, con la rabia de la gente vacía. En este lado, el de los insectos, la vida se abre con la oportunidad de las aspas de un ventilador. Cuando sabes que no eres el centro, que la medida del universo no depende de las cuartas de nuestros dedos, recuperas el eje y comienza el trabajo. Hablar de ti, contigo. Contarme cómo soy cuando no relato lo que me dijeron. Saber lo que eriza mi piel. Abordar la incertidumbre desde el misterio. Desde el interrogante que no te pide ser explicado. Romper el legado. Abrir la luz del sol a mi hijo. Hacer de la gloria la tierra que pisamos y buscar la fuerza en la compasión de nuestros actos. No hay nada más allá de la extensión de mis brazos. En ellos se crece el oleaje de mi vida. La eternidad de mi gloria. La profundidad de mi carne y su hambre de carne. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Danos la paz. La de nuestros brazos. • • Extracto de "el libre albedrío de los insectos", capítulo decimosexto de "El vuelo de las moscas". Si quieres leerlo entero visita la Web de la Bio. • • La foto es una reedición que me apetecía hacer. • • www.eldeliriodelosausentes.com

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