Arrecifes

Va más allá de lo social, paisajes urbanos que duermen en pies. Se sueñan raíces, se vende ruido. Se abren espacios que ocupan mis silencios vertebrados. Demasiada real tanta enormidad para un camino tan medido.

El viaje conlleva no rellenar esos abismos sino dejarlos correr, dejarlos caer, sobrellevarlos y buscar un suelo que nunca llega. Hay abismos que engullen otros; sistemas vasculares que alimentan oxígeno varado. A cubierto de respirarse. Hay abismos que son enjambres y enjambres que son abismos. Articulados por algo que no se bien qué es.

Continuamente relleno espacios. Espacios limitados y delimitados por mi. Obsesionado por ser, sabiendo que soy a medio camino.

A veces no apetece. No encaja. No quiero que encaje mi mar salado.

Ecosistemas erráticos que se crecen con el sueño de evolucionar. Son arrecifes, arrecifes habitados por vidas tan minúsculas que no sé de dónde vienen. Infinitas realidades que roen huesos pero que a ciencia cierta viven porque imagino que existen. Vidas en potencia de serlo que son porque laten en mi memoria.

En otras ocasiones, me sorprendo comiendo carne. Dientes abrigando tejidos, restos que parodian un sistema. El sistema es ese silencio que no quiero consumir y se transforma en un Estado que me da el confort de lo cotidiano. Es esa mierda que sabe a gloria. Es ese terreno que tan lejos está de mi. Me gusta hipotecarme pero nunca consigo quitarme esa costumbre de extranjero.

Siempre me guardo un abismo en el pecho, al que arrojarme cuando ya no puedo más; cuando no quiero convivirme, cuando dejo la panza al viento e invito a los insectos.

A veces tomo un barco, de cuerdas viejas, sin rencores en la bodega. Se trata de no mirar al cielo, de no querer las estrellas que cruzan mi cabeza. Esas luces vienen de dentro.

Mi geografía no entiende de mapas. Las palabras son maderos que arden en una noche callada. Me gusta octubre, sus días no buscan vacaciones.

Me p
       r
        e
         c
          i
           p
            i
             t
              o en un torrente sanguíneo con sistemas repletos de funciones.

Cuando sólo ves lo que ve tu cuerpo, el universo se limita. Cuando me dejo ir, soy la vida de un arrecife. Me erosiono y me entrego a una playa lejana, a una costa con nombre de sal.

Se puede escribir tanto y no estar tan a ojos de nadie que me siento como en casa.

Que cada vela soporte su barco, que cada mástil arañe su cielo; que en esa soledad sin tiempo se encuentran todos los marineros. No quiero un ancla, tan sólo quiero viento.

Que cuando sepa trascenderme sin ver dónde trasciendo mis ojos sabrán del todo sin miedo.

Me abro, otra habitación sin amueblar. Un dintel sin muro que soportar. Aquí la posibilidad no se alimenta de ladrillos.

Me gusta tender la ropa, que se claree al sol. Las sombras que se mueven y le caen gotas. Suena a vela sí, aunque es mi ropa.

Las posibilidades del viento sólo la conocen las aves.

No me apetece escribir una frase explicativa. Las posibilidades de las palabras no la conocen las manos.

Rumbo al sur, a la memoria de antiguos mares.

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Capítulo primero de «El verano de las lombrices».

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