Lengua de mar

Atentar contra la vida. Partir el corazón en dos mitades perfectas. Ser testigo. Doblegar la razón sin que suceda absolutamente nada. Aquel 5 de septiembre del 95, Jacques Chirac quiso demostrar lo poco que importa todo. Somos céntimos en el suelo de una gran avenida. Silenciosos, dormidos y ausentes. Esos trozos de metal que no interesan como para recogerlos. No alcanzo a comprender cómo no derrocamos la estupidez con la cordura de una urna. No entiendo cómo permitimos que nos quiten todo. Esos viejos cerdos dejan caer toda su mierda sin despertar en nosotros una revolución. 

Pensar que nuestras migajas de pan son un triunfo. Abanderar el conformismo por aquello de que mejor no me meto en líos. Ser cobarde como estado natural. Permitir que me eches de casa. Dejar a un lado mi lugar en el mundo para que tu miedo ocupe el sillón de mi casa. Ser zapatillas para tus apestosos pies. Traer el periódico en la boca y dar las gracias por dejarme tranquilo.

No pienses que no te odio. No creas que no deseo contemplarte en tu atómico lecho marino. Verte desaparecer en tu mañana de grasas y manos calientes. Hacer de tus toallas el inicio de una cadena perpetua. Hacer que ruedes en el sentido esférico de tus ojos vacíos de tierra. Mullir tus huesos con todo el hermetismo y la sequía que queda tras tus pasos de hombre malparido. 

Políticas para justificar la humillación que se vierte piel adentro. Vacío subterráneo, puertas giratorias y todas esas campañas electorales que dejamos que infecten las mañanas de nuestras noches. Intereses ocultos. Déjame a mi primero y si acaso tú después. Arrebatar, robar nuestra respiración. Es nuestro legítimo derecho erosionar vuestra roca con las lenguas de nuestros mares. Cubrir de salitre vuestras laureadas manos sangrientas. 

Mururoa como el miedo sepultado de miles de generaciones que se conforman, porque nos dejan vivir lo que pensamos que es la verdadera vida. Amaneceres atómicos que nos saben a gloria. Selfie oportunista del eslabón perdido. 

Siento miedo. Miedo al mundo que dejaremos a nuestros hijos, a la sumisión condensada en estas cárceles tecnológicas que satisfacen unas necesidades, que ni tan siquiera nos pertenecen. 

Reclamar el salitre de mis costillas como recuerdo de la bestia que soy. Ser la plaga natural de vuestra entraña maloliente. Aquel septiembre del 95, como tantas otras fechas, debió provocar una revuelta sin precedentes en nuestra cotidianidad sesgada.

Necesitamos despertar nuestra consciencia. Abramos los ojos. Las lenguas de los mares reclaman a sus hijos. 

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Capítulo vigesimosegundo de «El vuelo de las moscas».

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