El manifiesto del albatros

Veíamos aquella vorágine avanzar por nuestras calles. Dividiendo nuestro tiempo presente en formatos de futuros posibles, inalcanzables y con afluentes ramificados en todas direcciones. Pensé en todas aquellas decisiones que se toman en un segundo, el segundo perfecto e irrevocable de la libertad. De los principios que determinarían el transcurso de nuestro afecto, de la memoria que dejaríamos a los días de nuestra sombra. Creer en la ciencia más allá de la ciencia. Creer en mi mundo primate como garantía de supervivencia.

2020 separó tantas manos como encontró a su paso. Aún recuerdo, como si fuese ayer, el discurso de confinamiento que Pedro Sánchez nos contaba a los oídos de nuestros televisores. Aquel 13 de marzo supuso un punto y aparte en la realidad que nos definía. Apología de la separación por la separación. Volumen al cien por cien. Silencio callejero. Respiraciones contenidas. Sólo serán quince días. Distanciamiento social. La vida se resumió con el paso del tiempo a dos metros de guerra y paz. Un espacio contenido donde el continente se aleja de los días de charla, de las amistades que rompían el silencio domiciliario, a través de una pantallita que se agitaba en el bolsillo del pantalón. Ven cariño, son los abuelos.

Sólo deseo que mi hijo busque las respuestas dentro de sus propias manos, que no dependa de la ideología de un tercero, de la opresión que unos pocos infunden en las voces que se cruzan en la calle. Más allá de vosotros, estamos nosotros.

En nombre de Dios se libraron muchas guerras, en nombre de la seguridad se privan todas las libertades que necesitamos en nuestra cotidianidad. En nombre de vuestro miedo a la vida, se desata tanta muerte, que me siento lleno de una mierda que no me interesa.

¿Te imaginas vivir como la vida pensó que debieras vivir? Abandonar lo que te hace sentir seguro. Imagina. Imagínate.

Me gustaría crear literatura más allá de vuestro mundo perfecto. Quiero que existan voces que planteen una alternativa. Debemos escribir, expresarnos. Hacer de nuestra experiencia vital un viaje inequívoco a la muerte, disfrutando de la vida sin temer vivirla. Imagina. Imagínate. Hagamos historia, escribamos nuestra realidad más allá de lo tremendo. 

Aquellos estercoleros fueron sembrados con odio. La identidad de grupo se extermina haciendo brotar la desconfianza. Haciendo creer que eres distinto por encima de todo, de todos. En el soliloquio de tu consciencia se pierde el proceso vital de conexión con la bestia que realmente eres. Todo esta confeccionado al milímetro, un traje de hombre perfecto para darte un nombre, unas creencias para ofrecer una religión de voces paganas. Ahí estás tú. Con tu traje de superhéroe y un teléfono para hacer frente a todos esos días vacíos. Vacíos de ti. Una realidad digital que te educa desde la entraña. Que te numera y cuantifica en aprobaciones que buscan aprobaciones. Una política a granel que no sabe a nada. Un toma y daca. Unas banderas que ondean a media asta. Un legado de mierda lleno de notificaciones, de programación neurolingüística, de pechos que desafían la gravedad de Newton, de gente depilada que deja correr la química que apaga el olor de tanta axila con ganas de no ser axila.

Dosis, monodosis, plásticos sin decibelios y un montón de unidades para invadirnos de bolsas que albergan bolsas, que contienen mascarillas, que fueron pensadas para oprimir tu derecho a opinar.  Asepsia. Bisturí. Padrastros que no se muerden, que se cuidan desde el encanto, desde la felicidad de un burbujeante refresco que se nutre de la pobreza de muchos. Bebidas carbonatadas para las sedas que nos visten y buscan que te busquen. Ser por encima del Ser. 

Sintético, síntesis, ideologías de la moral. Palabras para hacernos sentirnos bien. Más palabras, fábricas de palabras que construyen y reconstruyen esas partes de ti que aún no tienen formas. Cientos, miles, millones de palabras que te hagan creer en ese paganismo que la vida depara. Heyyy nene, sonríe. El motor de este coche ensordece tantas opiniones que me hace surcar la vida sin que exista nada más allá de mis llantas.

Mujeres. Partos programados. Fábricas de niños. Epidural. Dilataciones forzadas que nunca dilatan. Ginecólogos que descansan los fines de semana. No te preocupes, te quedará una cicatriz muy pequeñita. Niños y niñas que no se amamantan de madres rebosantes de leche y miel. Libros que enseñan a que los niños no lloren en la noche. Hacer ver que el miedo te ve. Que te acostumbres a él. Que no hay abrazos que calmen tus necesidades. Pero qué bueno es mi niño que duerme y nos deja descansar. Dosis. Monodosis, plásticos sin decibelios. Chupetes que pretenden ser pezones en la medianoche del látex. Programas de vacunación. Tablets como noche estrellada. Nanas de ordenador. Soledades. Aquellos estercoleros fueron sembrados con odio. Estados laicos con valores de plegarias. Soledades para tu vacío. Primates de supermercados que buscan en la soledad de su memoria pertenecer, por encima de cualquier cosa, a un lugar donde se sientan parte. Aunque esa parte, este vacía de ti.

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Capítulo vigesimoprimero de «El vuelo de las moscas».

2 comentarios de “El manifiesto del albatros”

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