El minotauro sin laberinto

Tienes esa presencia tan especial,

ese encanto amargo

que me hace amarte,

quererte por lo que eres.

Con tu perpetua huelga de besos,

de distracciones, de palabras, de hechos.

En este lado de la moneda,

donde ya no te cuestionas un precio;

el mundo se abre fresco ante mi puerta,

mostrándome el valor de la insignificante

grandeza de lo cotidiano.

Hoy quiero darte las gracias

por ofrecerme amparo

en esos días que hablan de unidad,

de mesas que no hay que preparar,

de un trapo con pretensiones de mantel;

de vasos de un sólo hielo

que sueñan con bourbon y ese cigarro,

que te hace oír la respiración

con cada calada.

Quiero brindar por los sueños perdidos,

por la relatividad del recuerdo,

por los soliloquios de madrugada

que acompañan mi amanecer

como un cántico de estrellas.

Me enseñas a diario a no mirar al mañana

a no oír el pasado.

La añoranza no soportó esta ausencia de mi

y se fue con su hermana, la nostalgia

a esa tierra que se llama olvido.

A fin de cuentas, has potenciado

el sabor de mis días.

Has despejado la alternativa

para obtener la raíz.

Ahora una sonrisa me dice lo que es…

porque no acompaña, tan sólo sucede.

Ha llegado el momento de hacer justicia,

de reconocer un trabajo bien hecho.

Este poema es para ti… mi soledad,

por estar siempre ahí sin pedir nada

ni esperar nada a cambio,

por conseguir que aprenda de mi mismo

sin ser yo mismo.

 

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